Martes 20 de Abril de 2021

COLUMNA DE OPINIÓN

26 de febrero de 2021

Cómplices o funcionales

Columna de Opinion de Dario Forni

La generación de marcos de racionalidades para la convivencia pacífica entre los individuos así socializados por la cultura occidental, capitalista y cristiana, necesito de palabras que armaran la estructura de morales, y éticas que en su uso permitiría calificar el sentido de cada acción y de cada interpretación de los hechos y de las realidades  vistas e interpretadas desde esos parámetros.

Roberto Marafiotti, en su libro “Los patrones de la argumentación” lo explica muy bien cuando nos dice que “Las formas de estructurar la argumentación que se dan en las diversas comunidades a lo largo de su historia son un aspecto importante porque organizan las relaciones generales de una sociedad” (pag.17). En tal sentido agrega: “La propuesta persuasiva apela a una gama de mecanismos psicológicos sin mediación protagónica de la razón. Las persuasiones tienen que ver con las emociones”.  (pag. 20), para finalmente diferenciar la reflexión anterior de la racionalidad al decirnos: “La propuesta de la convicción en cambio apela a la razón, hace un llamado a la revisión crítica, explicita, tanto del argumento o los argumentos a favor, como de los argumentos en contra de la propuesta o tesis”. Pag.21

La diferencia entre lo emocional, que sale de la racionalidad y lo estrictamente racional es fundamental para estos tiempos y para analizar una de las palabras que podríamos llamar burguesas, que me gustaría analizar en estos días de pandemia y de militancias de pandemias.

Ser cómplice, implicaría saber de que se cometió un acto determinado, pero no haber participado en su ejecución. El saber de lo que paso y no decirlo no es lo mismo que haber participado del acto conscientemente, pero el saberlo y no decirlo es un acto en contra de la moral construida.

Cuando salimos de la racionalidad, cuando soltamos nuestras emociones, que, en un sistema de racionalidades, que reprimen las emociones resulta cada vez mas fácil, podemos caer en la exageración de usar estas palabras para calificar o descalificar en este caso el acto que esta fuera de la moral y la ética impuesta por el poder que construyó las racionalidades de convivencia.

En ese contexto solemos llamar cómplice a alguien que avala con su opinión un acto que parece estar fuera de las racionalidades morales.

En los tristes años de los 70, nuestra clase media tan inclinada a ser dominada por el discurso dominante uso muchas veces para justificar lo que pasaba la maldita frase “algo harban hecho”.

No podemos decirle cómplice a lo que después se enteraron que paso, porque obviamente la prensa dominante de esos años, no se lo decía y no todos lo sabían. Además, estaba la continua guerra entre lo que nos decían sus protagonistas y lo que no nos decían los medios. A quien creerles, era una opción que sin duda también puede ser tenida en cuenta para conformar nuestra conciencia.

La palabra guerra también esta tomada desde los planos emocionales como metáfora para demostrar un estado social en nuestro país, donde todos los días se debe luchar por saber quién tiene la razón o quien esta dentro de las racionalidades de convivencia.

La guerra, ya no como metáfora tiene códigos racionales de convivencia, que en lo mas abstracto de su condición se pudieron haber respetado en varios aspectos.

Por lo tanto, no es una guerra metafórica la que se vive en estos días, sino una guerrilla, no para disminuir ni para descalificar sus objetivos, sino por sus métodos y códigos.

La guerrilla mediática política y judicial, esta usando desde el segundo neoliberalismo contemporáneo que comenzó con Menem, un poder inusual por su alto grado hegemónico, lo que también nos aporta Marafiotti en su libro: “Una técnica de verdad se caracteriza por inculcar aserciones, algunas de las cuales ya son admitidas por el locutor y por el interlocutor y otras son las que deben admitir.”

Hace años que vienen sembrando lo que ahora cosechan en ciertos grupos de esa clase media sin pertenencia cultural y con problemas que se le inventan en realidades que no les corresponden.

Usar la palabra complicidad para calificar las actitudes o los sentidos de cada acción de estos colectivos, también podría ser una exageración propia de la emoción que nos provoca esa guerrilla que todos los días nos ataca.

Quizás la palabra mas indicada sea la de ser funcional a esas “verdades” construidas por la citada guerrilla.

La diferencia es fundamental, el cómplice sabe lo que pasa, el funcional no, solo esta siendo usado para objetivos que no conoce, y que por lo tanto podríamos calificarlo como irracional, ya que no conoce ni si causa ni mucho menos todavía su consecuencia.

La guerrilla nos impone, debido a su inusual poder hegemónico, esa lucha cotidiana de estar dentro de ese “algo habrán hecho” o pensar que hicieron para que se los califique primero de esa forma y luego de lo juzgue y posteriormente se vote al representante político de la guerrilla.

En estos tiempos la hegemonía que nos miente dos veces, una cuando instala una mentira como verdad y otra cuando nos hace creer que todos le creemos, tiene un contra editorial cultural que, si bien no tiene el mismo poder ha trabajado incansablemente para deconstruir las verdades hegemónicas.

Es por lo tanto será una decisión de cada uno quedarse en los colectivos que puedan ser funcionales o cómplices a los objetivos que persigue la guerrilla y asumir las responsabilidades de cada decisión.

Ciertamente, si la guerrilla gana la batalla cultural, política y económica, sus medios jamás harán sentir culpables a sus cómplices o funcionales, pero desde la conciencia, no son tiempos en los que no se pueda ver la otra cara de todo lo que se nos muestra. En caso de querer se hegemónico solo por no tener ni compromiso ni responsabilidad social, tendrá una conciencia que pueda provocarles algunos temas de sueños nocturnos.

Discutir ideas o las interpretaciones de las realidades que cada uno tiene, sería útil para construir una racionalidad sin complicidades ni funcionalidades, y que obedezca a una pertenencia que sepa identificar los problemas auténticos de cada grupo y nos permita una convivencia pacifica entre todos y todas y especialmente nos permita tener a todos las mismas herramientas para sus logros.

Las decisiones están en nuestras manos, sobre todo en tiempos donde el poder milita esa individualidad creída en la libertad de sus criterios.

 

 

 

 

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