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20 de mayo de 2020

El coronavirus y los problemas de fondo de la Argentina

La pandemia del coronavirus, más otros ingredientes simultáneos de la coyuntura, han puesto sobre la mesa como pocas veces cuestiones centrales de la estructura económica, social, política e ideológica de la sociedad argentina.


La amenaza sanitaria sobre todos los integrantes del conjunto social requiere de un comportamiento homogéneo y disciplinado de toda la población bajo una conducción que no puede ser otra que la del Estado, en especial las autoridades sanitarias. La imprescindible reducción de todas las actividades, única medida probadamente eficaz contra el virus en ausencia de la vacuna; conduce por un lado a la vertical caída de la ganancia de las empresas y por el otro a la demanda de una gran intervención estatal de carácter social para atender a un universo muy variopinto de cuentapropistas y otros. También para impedir que las empresas hagan caer sobre sus trabajadores todo el costo del parate, atender a muchas de ellas para que puedan pagar salarios y sobrevivir a la cuarentena. Ni que hablar de atender y reforzar a toda velocidad el sistema de salud, especialmente el público.

 

Comenzar a salir de la enorme recesión – que en el caso argentino ya era previa, gracias a los cuatro años de gobierno de Macri, que agravó dramáticamente los efectos residuales de la crisis mundial de 2008 – demanda además otra fuerte intervención del Estado que ya se empieza a  vislumbrar en los recién anunciados planes de vivienda. Esto no es nuevo. Fue lo que hicieron casi todos los países después de la segunda más grande crisis del capitalismo – la segunda, después de la actual -, del año 1929. El “New Deal” de Roosevelt es uno, entre tantos ejemplos. También la salida de la Segunda Guerra Mundial tuvo una impronta parecida. No sólo en Argentina con el Peronismo. En Europa, por ejemplo, significó el despliegue del Estado de Bienestar.

 

Todo esto, va en dirección 180° opuesta a lo que el neoliberalismo viene propiciando en el mundo. En nuestro país, los gobiernos de Videla, Menem-De la Rúa y Macri fueron la expresión clara de esas ideas, aunque también los demás gobiernos estuvieron y están presionados para inclinarse hacia ellas. En este momento, a través de cuestionar al Ministro de Economía.

 

Ningún gobierno del mundo puede ignorar esos mandatos de la hora actual y lucirse con sus políticas, por más afectos al neoliberalismo que sean sus líderes. Un Brasil sin gobierno ni rumbo y unos EEUU en su peor momento, son pruebas de ello.

 

El mensaje de la realidad es tan claro, que resulta entendible que los portadores fanáticos de esas ideas - ya claramente desactualizadas-, entren en desesperación ante lo que se desarrolla ante sus ojos, y caigan en ridículos como la convocatoria a una marcha contra el comunismo – desafiando además la cuarentena - a la que no asistió nadie.

 

Hoy por hoy los partidarios del statu quo van perdiendo por goleada esa lucha en el nivel de las ideas y sólo logran arrastrar a algunos ingenuos cuando inventan alguna consigna que nada tenga que ver en apariencia con las que realmente les preocupan. Por caso, la supuesta liberación masiva de presos.

 

Pero esa lucha expresa y a la vez encubre la pelea de fondo, que es económica: Un ejemplo es la pretensión de activar a full la actividad – en realidad la ganancia empresaria – al costo en muertos que sea. Estrategia estúpida si las hay porque los países que la siguieron terminaron perjudicando sus economías aún más –por la debacle sanitaria- que los que hicieron cuarentenas estrictas.

 

Además, cuando se comienza a hablar de un impuesto extraordinario para paliar los gastos que aquellas acciones estatales implican, impuesto mínimo y SÓLO  sobre el 0,03% más rico de la población, los mismos que cuestionan el rol hoy imprescindibilísimo del Estado, ponen el grito en el cielo. E intentan confundir a los sectores medios, cansados con justa razón de pagar impuestos que los ricos no pagan y que los pobres sí pagan pero no ven porque vienen camouflados dentro del precio de los alimentos. Hablan de que no hay que aumentar impuestos, sino bajarlos. En verdad: Lo que hay que hacer es bajar los impuestos a los sectores medios y bajos –obviamente no justo ahora, en medio de un enorme y creciente déficit fiscal, pero sí en cuanto se salga de la emergencia- y aumentarlos a los altos, lo antes posible. Así, la Argentina se parecería en eso a los países desarrollados que aquellos ideólogos admiran. Recientemente, la primera ministra de Alemania preguntó al presidente argentino por qué en nuestro país los ricos pagan tan pocos impuestos.

 

El informe del Banco Central sobre la dinámica de endeudamiento durante el macrismo muestra que la fuga de capitales, principal problema que contribuye decisivamente a estrangular cualquier proceso de crecimiento, al sacar del circuito económico y de la inversión productiva local las divisas imprescindibles para la adquisición de insumos y bienes de capital; se triplicó y fue perpetrada en su mayor parte por un pequeñísimo porcentaje de empresas y personas, muy por debajo del 1% de la población. Aunque no se dan los nombres, por secreto fiscal, es seguro que en altísimo grado son los beneficiarios del blanqueo, y en muchos casos, de negocios turbios realizados en estos años y en otros anteriores. La familia presidencial anterior es paradigmática, pero para nada el único caso.

 

La Argentina tiene todas las condiciones humanas y de recursos naturales para un desarrollo exitoso y socialmente justo. El principal obstáculo es esa pequeñísima minoría parasitaria, que electoralmente no pesa nada, pero que tiene a su servicio un enorme aparato de medios de comunicación, trolls, el peso de décadas de prejuicio ideológico – la grieta es el más reciente- y otros recursos, además de –obviamente la capacidad económica -, para arrastrar tras de sí a una masa importante de sectores medios que votan en contra de sus propios intereses, como se acaba de comprobar en 2015-2019, pero en línea con sus prejuicios y con la habilidad de la oligarquía para conducirlos en cada momento. Esa adhesión es fluctuante, y el gran desafío de los sectores populares es lograr romper definitivamente ese matrimonio contra natural.

 

 

 

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