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23 de abril de 2020

Coronavirus y proyectos de sociedad

El advenimiento del COVID 19 y su consecuencia inevitable, el cese forzoso de la mayor parte de las actividades económicas, han puesto obligadamente en el centro de la escena temas como la solidaridad y la disciplina social y un rol central del Estado que chocan frontalmente con los principios fundantes del neoliberalismo y, en buena medida, del capitalismo.


Desde hace ya no menos de siglo y medio el capitalismo ha ido abandonando crecientemente el rol progresivo que tuvo en sus orígenes, durante la Edad Media, donde permitió quebrar el estancamiento del orden social, particularmente económico, al que había llevado el feudalismo; y producir un acelerado crecimiento, especialmente desde la Revolución Industrial del siglo XVIII.

 

En la actual crisis, la necesidad tanto del Estado nacional en la conducción y, en gran parte de los países, también en la ejecución, de las políticas sanitarias; como de organismos internacionales, cuya autoridad debería fortalecerse y no debilitarse para mejorar la respuesta a la pandemia, es evidente; especialmente por lo que vemos allí donde estas condiciones faltan. Así en los Estados Unidos, los estados compiten entre sí por las compras de insumos sanitarios claves, provocando el aumento de sus precios y complicando la eficiencia de todo el sistema sanitario. En Europa y otros países, mascarillas y respiradores destinados a diversas naciones, incluso las más afectadas por el virus, que tienen la desgracia de pasar por terceros territorios camino a sus destinos finales, son requisados, cambian súbitamente de compradores por otros que pagan más, o los gobiernos directamente bloquean las exportaciones. El presidente de Serbia – país que estaba intentando ingresar formalmente a la Unión Europea - ha dicho sin tapujos que la solidaridad europea no existe.

 

Todos los gobiernos se ven empujados forzosamente – con diverso grado de entusiasmo o de resistencia a esta corriente según sus ideologías– en una dirección opuesta a la que el neoliberalismo venía imponiendo desde los 80 en adelante por varios factores: 1) La imprescindibilidad  – salvo para los extremadamente necios – del aislamiento social como principal arma disponible hasta hoy contra el coronavirus, que resiente las actividades económicas fuertemente, produciendo una caída muy importante de la tasa de ganancia – motor excluyente del capitalismo-. 2) La urgencia de subsidiar fuertemente desde el Estado a gran parte de los trabajadores, incluyendo y comenzando por los informales, y a las pequeñas y medianas empresas, y de obligar a las grandes a pagar los salarios a pesar de la caída de sus ingresos. 3) El apremio de establecer impuestos especiales sobre las grandes fortunas para financiar estas políticas.

 

Los pueblos cuyos gobiernos se resisten, pagan elevados costos por esa obcecación. Cuando es sanitaria, por descomunales cifras de infectados o muertos, como los EEUU o Brasil. Cuando es económica, por el rápido crecimiento de las tensiones sociales, como en Colombia, donde ya han se han producido saqueos. Que los gobiernos también paguen un costo político, sin embargo, depende adicionalmente de otros factores. Así, ni a Trump ni a Iván Duque les está yendo mal en las encuestas.

 

Propuestas como la del Ingreso Básico Universal, que antes costaba poner en debate; pasan hoy a primer plano, dado que es evidente que de haber sido ya implementada con anterioridad al virus, muchos de los problemas de subsistencia de amplios sectores sociales que ahora aparecen súbita y angustiosamente, habrían estado de antemano resueltas o paliadas; y por otra parte las respuestas más eficaces que hoy se implementan de urgencia, se le parecen tanto que se caen la mayoría de las objeciones que antes lo vetaban por utópico.

 

Estas cuestiones, que las crisis del virus ponen en primer plano, seguirán como necesidad urgente mucho después que termine la emergencia estrictamente sanitaria, ya que los efectos económicos de la pandemia se prolongarán por un tiempo mucho mayor. ¿Cuánto tiempo tardará, por ejemplo, en recuperarse el sector turismo, que en muchos países es una proporción elevada del PBI y ocupa a muchísimas personas, formal e informalmente?

 

Dar por sentado sin embargo que el mundo que se viene después se basará automáticamente en un orden más progresivo, sería apresurado.

 

La Primera Guerra Mundial, denunciada por la izquierda desde antes de empezar, como una necesidad brutal de la propia dinámica del capitalismo, denuncias luego confirmadas por los hechos; abrió rebeliones, motines al interior de los ejércitos con muchos fusilados por negarse a pelear en defensa del capital y culminó con la Revolución Rusa e intentos similares en otros países como Alemania, Hungría y un gran crecimiento de la izquierda revolucionaria en muchos otros. La respuesta del capital sin embargo fue el fascismo, que se instaló triunfante en gran parte del mundo durante un par de décadas.

 

La hoy superevidente necesidad de un protagonismo estatal tampoco es de por sí sola garantía de un régimen socialmente más avanzado. Tras la crisis mundial de 1929 muchos países capitalistas – sin dejar en absoluto de serlo – recurrieron al Estado, como la política del “New Deal” de Roosevelt, la de Hitler en Alemania; y, en Argentina, gobiernos conservadores fraudulentos como los de la Década infame crearon el Banco Central, las Juntas Reguladoras de Carnes y de Granos, Fabricaciones Militares y Altos Hornos Zapla. La industria automovilística Renault en Francia fue estatal entre 1945 y 1986, sin que por ello el Estado Francés haya reducido un ápice su carácter capitalista y, en este caso puntual, colonialista.

 

Es cierto que la crisis del COVID 19 ha hecho trastabillar, hasta casi caer al piso, en muy poco tiempo, muchos de los mitos en que se funda el predominio ideológico del capitalismo. Pero no están muertos ni imposibilitados de reponerse. Que esta situación conduzca o no a un mundo distinto, más solidario, dependerá de las luchas de los pueblos en muchos terrenos: sociales, ideológicos o culturales, políticos; siendo todos muy importantes, y los políticos como casi siempre, los más decisivos.

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